¿Qué pasaría…?

Propongo, al que esté dispuesto, un ejercicio de imaginación…

Tratá de despojarte por un minuto de prejuicios, de presupuestos y de esas concepciones tan arraigadas que tenemos hacia el entorno y hacia las cuestiones más básicas de la vida y pongámonos a pensar en lo siguiente:

Estás acostumbrado a levantarte todos los días, tomarte el desayuno y salir de tu casa para alguna actividad. Cuando abrís la puerta de tu casa para irte das por sentado que del otro lado va a haber un piso, aunque no lo veas antes de abrirla, repito, aunque no lo veas antes de abrir la puerta, estás seguro de que del otro lado va a haber un piso el cual pisar para continuar tu camino. Vas a la parada de colectivo y también estás seguro de que el bondi que te vas a tomar, por el número distintivo que tiene, te va a llevar al lugar que esperás. Y si vas en auto, no ponés en duda ni por un minuto que verde, rojo y amarillo siguen significando lo mismo que lo que significaron siempre. Saludás a una persona o preguntás la hora en la calle y antes de hacerlo das por hecho que ésta te va a contestar en tu idioma, que va a entender lo que le estás diciendo. Te comprás de camino una bebida en un quiosco y sabés que la podés pagar con esos papeles que llevás en la billetera, y también sabés que si el envase dice lima limón, va a ser una bebida con gusto a lima limón… nunca te imaginás que puede ser otra cosa, ni siquiera que puede llegar a ser algo que no sea comestible o peor, que sea una sustancia dañina para tu cuerpo. Llegás al trabajo y esperás que de alguna manera lo que estaba al día anterior siga estando ahí. Levantás el teléfono y esperás encontrar del otro lado a una persona. Prendés la televisión, abrís el diario, y asumís que te van a contar eso mismo que está pasando alrededor tuyo, que vos individualmente poco podrías conocer si no fuera por ellos. Pero asumís que eso que te cuentan es de alguna u otra manera lo que pasa. No ves en todo el día a tu familia, pero sabés que a la tarde llegás a casa y van a estar. Y ni te preguntás si tu casa sigue siendo en la misma dirección de la que te fuiste a la mañana. Das por sentado que estás viviendo un día nuevo, que el tiempo avanza hacia adelante; das por sentado que estás vivo, das por sentado que te llamás como creés que te llamás y que sos parte de la historia de la que creés que sos parte…

Cuántas cosas! ¿No? Y cuánto necesitamos creer y confiar para llevar a cabo nuestras vidas diarias…

Pido que me sigan, en este estado despojado, un rato más.

La pregunta necesaria es: ¿qué pasaría si un día te levantás y desayunás como todos los días, agarrás tus cosas, abrís la puerta de tu casa… pero del otro lado no hay ningún piso? ¿Qué pasaría si el colectivo tomó otro camino y terminás en un lugar desconocido; o si no aceptan tus billetes en el quiosco; si la gente te llama con otro nombre; si los autos avanzan en rojo y frenan en verde; o si sos testigo de una pelea entre un chico que duerme en la calle y un comerciante que quiere sacarlo a la fuerza de su vereda porque le trae mala imagen, y posteriormente ves la noticia en los diarios pero refiriendo al mismo hecho éstos dicen “joven quiso robar en un negocio y los vecinos se juntan para evitarlo”…? ¿Qué pasaría con todo ese mundo que creías de una manera y que estaba dispuesto de esa manera para que puedas transitarlo con seguridad?

Un poco más y termino…

¿Qué pasaría si un día te enterás que todo lo que creés verdadero, que todo por lo que luchás, que todo lo que defendés con tanta seguridad se vuelve diferente; si descubrís que estuviste apoyando ideas con las que quizás ni siquiera te involucrarías y sólamente por no haber ejercitado una herramienta tan simple como la pregunta, como la duda, por no haber sospechado nunca, ni un poquito, que las cosas pueden ser diferentes…

Termina el ejercicio. Volvamos a la vida que nos exige confianza.
La moraleja la dejo a su imaginación.

  • Gonzalo Aguiar

    Cuando abra la puerta y me asome la la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las cosas ya sabidas, no el hotel de enfrente: la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mi como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.

    Me gusto!