Prospectiva

“¿Che, y… qué es eso?” suele ser una de las preguntas más frecuentes que uno escucha al presentarse con otras personas desde que empieza a estudiar Comunicación Social. Y, eso, si las personas se animan a indagar; por lo general la mayoría hace algún gesto como de comprender, porque teme develar su desconocimiento o porque no le suena lo suficientemente intrigante como para molestarse en preguntar. Con los años uno va ensayando respuestas: desde la fácil “es como periodismo”, pasando por la un poco más elaborada “puedo trabajar en una organización planificando y llevando a cabo su relación con los distintos públicos”, que siempre empieza con un suspiro, y hasta la actual y reductora “¿viste lo de community manager? Bueno, algo así”. Lo común de estas respuestas es que todas se encuentran con la insatisfacción de estar incompletas, de no ser precisas, de no ser lo suficientemente abarcativas ni lo necesariamente concretas. Y lo más maravilloso ocurre justo cuando uno cree que encontró el modo perfecto de encarar el asunto; en ese momento te topás con que para vos mismo cambió lo que la comunicación significaba.

Pero ¿cómo es que la comunicación social, siendo el fenómeno más transversal de la especie humana (con humildad) y siendo que todos la ejercen día a día, es tan poco clara para gran parte de las personas, inclusive para aquellos que la estudiamos? Empezar a esbozar una respuesta requiere, como mínimo, plantear esta pregunta, porque parecería que ahí mismo se encuentra la semilla de su explicación. Es que la comunicación es, sin sonar cursi, el todo y la nada al mismo tiempo. Es todo porque abarca la totalidad de las formas en que los humanos nos relacionamos y es nada porque no significa ninguna de esas formas en particular. Es abstracta e inexistente por sí misma, es un fenómeno que cobra vida cuando dos o más entes entran en contacto (dejemos de lado el hablarse a uno mismo) y que puede tomar infinitas formas y manifestarse de múltiples maneras.

Otra cuestión que complica un tanto más el asunto refiere a dos dimensiones intrínsecas de la comunicación social: entender la comunicación como ciencia a estudiar y, por otro lado, entender la comunicación como espacio de intervención y gestión.

Vivimos en una época signada por dos grandes procesos antagónicos: internet, con todo lo que ésta implica: la accesibilidad a la información universal, la llegada instantánea a otros países, la interacción e intercambio constantes, la cultura de la colaboración y la creación conjunta, la horizontalización de la información; y por el otro, el creciente fanatismo, que va desde el extremismo político hasta el fundamentalismo religioso o el terrorismo asesino. El primer proceso, puede llevarnos a un real crecimiento social; mientras que el segundo, a nuestro más profundo declive.

El desafío de la profesión, pero no a futuro sino imprescindiblemente en la actualidad, debería ser el de rescatar ese sentido primario de la comunicación en cuanto a fenómeno social. Como seres humanos que vivimos en sociedad, que nos necesitamos los unos a los otros, que compartimos un espacio y un tiempo históricos, nos es vital comunicarnos. Y qué mejor que comunicarnos bien para lograr convivir pacífca y armoniosamente.

Trabajar por y para esto implica buscar la sinergia y concreción de dos instancias:
Abogar por la plena garantización de los derechos de la comunicación (el libre pensamiento, expresión, difusión, publicación de opiniones e informaciones, y el acceso a la información).
Con el ejercicio de éstos: trabajar para construir sentidos sociales más horizontales, democráticos, plurales y de respeto y armonía, lo cual exige como punto de partida el reconocimiento y la escucha del otro.

Las cosas del mundo adquieren más sentido gracias a cómo las nombramos y a cómo interactuamos con ellas que por su materialidad objetiva, y si los comunicadores sociales nos proponemos trabajar en esos sentidos que se construyen en las relaciones sociales, para lograr un mayor respeto, reconocimiento y aceptación del otro, entonces podemos servirle a la sociedad.

Los comunicadores sociales deberíamos tomar el compromiso de trabajar por conseguir que los seres humanos que habitamos la tierra primemos aquellas formas de comunicación que se basan en la comprensión, en la escucha del otro, en la concepción del otro como fin y no como medio. Lo que nos permitirá emprender un camino hacia una mejor utilización del diálogo, para acercarnos los unos a los otros, cooperar y convivir.

Usabilidad: ¿Cómo diseñar para humanos? – Charla Noviembre 2014

En noviembre del año pasado participé como oradora en uno de los meetups mensuales de WordPress Argentina. En aquella ocasión, hablamos de usabilidad y de cómo encarar un proyecto de diseño web centrado en las personas, pensado para ser utilizado por humanos.


La presentación:


Puntos principales de la charla:

– A qué nos referimos cuando hablamos de usabilidad: qué es, dónde se encuentra, qué pasa cuando no está presente o, mejor dicho, cuando los productos que consumimos a diario no están pensados desde este enfoque y en qué dos posibles escenarios desembocaría esta situación.

– ¿En qué pensamos cuando diseñamos? Solemos pensar en todo tipo de caracterísitcas del producto y del cliente, pero pocas veces pensamos en las personas que van a utilizar esos productos.

– No creamos sitios para que estén solos en el mundo, los creamos porque queremos que se comuniquen con alguien o porque alguien va a estar buscando comunicarse con ellos.

– Todo sitio tiene un interlocutor que es el elemento principal que sostiene esa comunicación, que le da sentido al resto de las cosas.

– Diseño Centrado en el Usuario (DCU) como una filosofía, que propone que un proceso de diseño tiene que prestarle gran atención a las necesidades, deseos y limitaciones de los usuarios en cada una de sus etapas.

– Más que obligar a los usuarios a que se adapten a un sistema, buscamos que un producto sea diseñado para adaptarse a los comportamientos y actitudes del usuario.

– Podemos sintetizar las etapas del proceso de diseño en 3 momentos: el de APRENDER, el de PLANIFICAR y el de TESTEAR. No son necesariamente en ese orden ni excluyentes, lo mejor sería ir pasando de una en otra y volver atrás cuando hace falta, rever lo necesario, volver a pensar, a investigar y a testear cuantas veces sea necesario.

APRENDER

– Pensar en las personas primero es pensar en qué necesitan, qué desean, qué buscan, qué sienten, qué saben y qué no saben, en qué contexto viven. De ahí en adelante, todo lo que agregue: qué relación entablan con las cosas, qué relaciones tienen en su entorno con otros, etc.

– Empatía: ponernos en el lugar del usuario, pensar como piensa él, hacernos las mismas preguntas que se haría un usuario a la hora de encontrarse con el producto.

PLANIFICAR

– Cuando una persona se encuentra frente a un producto que carece de usabilidad lo más probable que pase es que se frustre, se canse, se avergüence, no comprenda, no concrete, no compre, no vuelva, no participe, no interactúe. –> Para que esto no ocurra: hay que traducir las necesidades / deseos / expectativas / motivaciones a elementos concretos que respondan a todos éstos.

– Una forma de empezar a hacerlo es haciendo una lista de todas aquellas acciones que los usuarios van a realizar en nuestro sitio y jerarquizarlas acorde a cuáles son las más importantes, cuáles tienen mayor prioridad. Y luego, traducirlas a sus respectivas soluciones.

– ¿Qué elementos tenemos a nuestra disposición para facilitar el uso de los usuarios? Algunos de ellos: tipografías, colores, imágenes, botones, controladores, menú, navegación, compatibilidad de exploradores, compatibilidad de devices, performance, breadcrumbs, estados (hover, focus, active, visited, etc.), posiciones, tamaños, links.

TESTEAR

– Es importantísimo que pongamos a prueba lo que diseñamos.

– Testear con una persona que no hacerlo con ninguna.

– Como nosotros somos los creadores de ese producto, perdemos la oportunidad de utilizarlo como alguien que recién lo conoce.

RESULTADO

– ¿Cuáles son los beneficios de pensar usabilidad? Para el usuario y para el emisor.

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“No te merecemos, pero te necesitamos” – La ironía del servicio público

La entrega de la solicitud fue rápida y sencilla. Al entrar a la institución temí por la cantidad de personas esperando en colas interminables para obtener un turno o para hacerse un estudio, pero yo no tuve que hacer ninguna cola ni esperar parada demasiado tiempo. Me escabullí entre los pasillos alejándome de la multitud hasta encontrar, al final del piso, el despacho de dirección. Simpáticamente me dirigieron a la ventanilla donde debería ejecutar mi trámite. Una señora recibió mi solicitud y mientras ella la leía, yo miré por la ventana: daba justo al estacionamiento de los empleados de cargos altos del hospital; sus autos, aunque no soy experta, se veían nuevos y costosos.

Las preguntas que en la solicitud se detallaban deben ser el motivo por el cual esta señora reaccionó con un poco de susto. Desde cuál fue el presupuesto del hospital en los últimos 9 años, de dónde provino, a qué fin se lo destinó, si es suficiente para cubrir los gastos necesarios, o si por lo contrario, no basta y eso trae consecuencias (y cuáles son esas consecuencias para los pacientes); y hasta si el hospital cuenta con las condiciones edilicias y el equipamiento necesario para llevar a cabo su tarea, fueron algunas de las preguntas.
Al parecer, son cuestiones que incomodan.

En un principio le expliqué que no estoy en la obligación de justificar mi pedido de información, pero por algún motivo tuve la necesidad de tranquilizarla y explicarle que soy estudiante de Comunicación y que esta experiencia es parte de un trabajo práctico. (Creo que me equivoqué).

Pero volviendo a lo importante… Como les dije, fue corto el trámite. Salí de ese pasillo, volví al hall central. Las filas de gente seguían igual, intactas. Todos parecían estar esperando hace una eternidad.

Y fue camino a la salida cuando me topé con el mayor símbolo de ironía e impotencia que había encontrado hasta el momento. Un cartel ubicado en una de las paredes del hospital tenía la leyenda “No te merecemos, pero te necesitamos” (acompañada de la figura de la virgen María).

Cuántos problemas juntos en una frase, ¿no? Pero ojo, no en las palabras de la frase, no en el dicho aislado, ni siquiera en lo religioso… sino en ESA frase en ESE contexto que la resignifica, disparando ideología y significados para todos lados, desparramando un poder de dominio invisible por sobre todos los que nos amparamos en esas palabras.

Sí que lo necesitamos, y cómo… Pero también lo merecemos. Claro que merecemos la salud y claro que merecemos un estado que nos ampare y nos provea de un sistema que funcione. No es un pedido divino, porque los hombres de acá, de la tierra, tenemos la responsabilidad de hacerlo por nosotros.

Qué peligroso es dejarse convencer por aquellos hombres que tienen la responsabilidad de hacerlo y en quienes delegamos nuestra voz, que por quedarse con billetes en sus bolsillos, nos hacen creer que quien no nos está dando este derecho es algún poder supra terrenal y que es a él a quien hay que pedirle.

Mi solicitud de información, amparada en la Ley 104 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, por la cual todo ciudadano tiene derecho a solicitar información de las instituciones del estado – herramienta imprescindible para el ejercicio de la ciudadanía y el control sobre nuestros representantes – no fue respondida.

Pero es menos importante. Espero que lo otro sí encuentre respuesta.

Herramientas para una vida sustituta: reflexiones sobre el Reality Show

Hace ya algunos años tenemos la oportunidad de presenciar un fenómeno único: las diferentes formas de vida sustituta. Aquella vida que no es la real, pero de la que somos protagonistas, y que, por su parte, aparenta ser la verdadera. La vida en la pantalla se asemeja tanto a la respuesta de las necesidades que como seres humanos tenemos, que cuesta diferenciar lo que es nuestra vida real a esta nueva, la que funciona como simulacro.

Gran Hermano fue emitido por primera vez en Holanda el 16 de septiembre de 1999, siendo luego adaptado en más de 70 países, y dando nacimiento al género Reality Show (aunque basado en plataformas similares que hasta ese momento se transmitían por televisión). El formato fue creado por el holandés John de Mol y desarrollado por su productora, Endemol. (El nombre del programa hace referencia a la novela que George Orwell publicó en 1949, Mil novecientos ochenta y cuatro).

En apariencia, Gran Hermano, propone una especie de experimento sociológico y psicológico sobre sus participantes. Luego de estudiar su formato y características, no dudamos que dicho programa televisivo sea un experimento; lo que nos preguntamos es sobre quién se está experimentando.

Reality Show: Gran Hermano

Una casa. 15 participantes. 90 días de convivencia. Decenas de cámaras y micrófonos registrando todo las 24 horas del día. Un programa de televisión en el cual los participantes deberán abandonar sus hogares, instalarse en una casa especialmente preparada para el experimento, e intentar pasar las distintas consignas para lograr sobrevivir y quedarse en el juego. Día a día los jugadores despiertan a una realidad distinta a la que estaban acostumbrados, tienen diferentes tareas para mantener la casa, y deben afrontar las pruebas semanales propuestas por el equipo de producción, que se dirige a ellos a través de la voz, nunca la imagen, del Gran hermano. Las pruebas son diseñadas para comprobar su capacidad de trabajo en equipo y su espíritu de comunidad. Los habitantes de la casa tienen un presupuesto semanal para adquirir comida y otros productos necesarios, que variará según superen o no las pruebas. Los concursantes permanecen aislados del mundo exterior, y por lo tanto tienen prohibido cualquier tipo de contacto con agentes externos (en la casa no hay televisión, radio, internet, música, libros o lápices), exceptuando la ayuda psicológica que ellos mismos requieran, y que recibirán, siempre en privado, en el confesionario. Pero por sobre todo, los concursantes tendrán que enfrentarse, por un lado, al desafío social de convivir con el enemigo, y por otro, a la sobreexposición de su privacidad.

Semana a semana, en el confesionario, cada participante vota a quién cree que debería abandonar el juego. Éste será el más débil a consideración de los demás, que retrasa o interfiere en la lucha del grupo por la supervivencia. O por el contrario, el jugador fuerte, que representa una amenaza para el resto de los participantes que desean ganar el juego. Las posibilidades pueden ser muchas y dependen en gran parte de las estrategias que se van configurando a lo largo del programa. El público espectador también aporta su voto para eliminar al personaje que no quiere ver más en su pantalla. Hasta que, al final, queda un solo jugador en la casa, ese será el sobreviviente. Y ganará (dependiendo en cada país) una buena suma de dinero y, seguramente, unos minutos de gloria en la televisión y en la fama de moda pasajera de hoy en día.

Pero aquí unos datos más:
– Los participantes son elegidos con precisión (por un equipo de televisión que busca el rating y, por lo tanto, el lucro).
– La casa está completamente equipada y acondicionada con la última tecnología, además de otros lujos como sauna, jacuzzi, suite VIP, etc.
– Los diálogos y monólogos de los participantes frente a la cámara, compartiendo sus sensaciones y pensamientos sobre los demás, no son más que guiones forzados por parte de la producción.

Entonces, tomémonos unos minutos para pensar en la naturaleza voyeurística del formato, donde los concursantes acceden voluntariamente a ceder su privacidad a cambio de la posibilidad de un premio; y en el poder que se nos adjudica a los espectadores dándonos la capacidad para decidir quién perturba en el organismo y debería ser expulsado del círculo social.

¿Estamos tan seguros que es sobre los participantes del programa que se está haciendo este experimento?

La vida sustituta

En Gran Hermano, podemos observar dos clases de fenómenos. El primero, desde el lado del que participa: la exhibición de lo privado, el hacerse ver, querer mostrarse y ser reconocido por las masas. El segundo, desde el lugar de quien observa, podemos separarlo en dos caras: la del púbico, en su búsqueda del aprendizaje social e identificación en lo que ve, en su fantasía y credibilidad con la vida en la pantalla, en su ficcional participación en la sociedad; y la del Ojo del Gran Hermano, en su intento de control social, de vigilancia y posición de poder. Estas dos caras de quienes “observan”, se asemejan al concepto de sinóptico de Bauman y al de panóptico de Michel Foucalt, respectivamente. El primer concepto implica que muchos pueden observar a unos pocos (el caso de los espectadores del Reality Show por sobre los participantes); en cambio, el segundo, se refiere a la vigilancia de unos pocos por sobre muchos (el Ojo del Gran Hermano que vigila a los jugadores). El mayor efecto del panóptico es la consciencia permanente, que posee el individuo observado, de que lo están vigilando (por más que no pueda verificarlo), y por ende la garantía del funcionamiento del poder.

Sinóptico: herramienta para la vida sustituta

El sinóptico, posibilita mirar a unos pocos, los cuales se convierten en modelos sociales. Éstos proveen normas para el comportamiento y fomentan una determinada imagen de lo que se entiende por ámbito privado. Nos proporcionan información sobre lo que es importante y lo que no socialmente.

Gracias a la tecnología de los grandes medios de comunicación de masas, el sinóptico permite que muchos sean capaces de mirar a unos pocos (en relación), que son el centro de la atención y que constituyen el modelo de realidad, de comportamiento y de normas sociales a seguir. Este modelo que observamos a través del sinóptico, está basado en el éxito (éxito, porque es reconocido por parte de las masas), y esto es lo que más aporta a nuestro deseo de alcanzarlo.

Podemos decir que en algún sentido el sinóptico invierte los términos en que Baudrillard explicaba que el simulacro traía espectáculo: el sinóptico convierte el espectáculo en simulacro, transformándose así en el modelo de nuestra vida sustituta.

El simulacro, de Jean Baudrillard

Simular es fingir tener lo que no se tiene. En este sentido, la simulación remite a la ausencia. En realidad, simular es más complejo que fingir, ya que fingir deja intacto el principio de realidad, mientras que simular altera lo verdadero y suele aparentar síntomas reales. Cuando la realidad se encuentra tan bien simulada, no se llega a distinguir elementos producidos de los auténticos. Incluso, si se puede crear un simulacro tan real, es que algo de verdadero tiene esa realidad producida.

La imagen puede: ser el reflejo de una realidad profunda; enmascarar y desnaturalizar una realidad profunda; enmascarar la ausencia de realidad profunda; no tener nada que ver con ningún tipo de realidad, ser ya su propio y puro simulacro. En cualquiera de los casos, aplicados a la imagen producida por los Reality Shows, el simulacro tiene el poder de hacer creer una realidad (esté ausente o presente). Es por la estrecha relación entre espectáculo y simulacro, que los medios de comunicación adquieren la capacidad de simular una realidad y hacérnosla creer.

Siguiendo con Jean Baudrillard, unas palabras que dedicó acerca de Gran Hermano (París, 2004): “Todo debe verse, todo debe ser visible y la imagen es, por excelencia, el lugar de esa visibilidad. Así, todo lo real debe convertirse en imagen, al precio de su desaparición. He allí la seducción y la fascinación de la imagen… el inmenso comercio de las imágenes demuestra una enorme indiferencia por el mundo real que termina no siendo más que una función inútil de él mismo, un ensamble de formas y eventos fantasmas… Un buen ejemplo de esta visibilidad forzada son las distintas versiones de Gran Hermano y todos los programas del mismo género, los Reality Shows. Allí donde todo se da a ver, nos persuadimos de que ya no queda nada por ver. Son el espejo de la banalidad y el grado cero. En ellos contemplamos una socialización virtual, forzada, que manifiesta la desaparición del otro como ser social. El mito de Gran Hermano, la visibilidad policíaca total que plantea la novela 1984, se transfiere al propio público que resulta movilizado como voyeur y juez al mismo tiempo. Más allá del control, los sujetos involucrados dejan de ser víctimas de la imagen, se convierten inexorablemente ellos mismos en imagen: son visibles a cada instante, están sobreexpuestos al foco de la información y se los obliga todo el tiempo a producirse, a expresarse… Una operación como Gran Hermano hace visible una imagen de certeza de la realidad, una transposición de la vida cotidiana, según el modelo dominante.”

La teoría crítica

Para la Escuela de Frankfurt, quienes aportaron su perspectiva crítica acerca de la comunicación de masas, el Reality Show como producción televisiva, formaría parte de la Industria cultural, en la cual la cultura equivale a mercancía, viviendo un proceso de transformación cultural en su contrario. En este sentido, el producto de los medios masivos de comunicación estandariza los gustos del público, ofrece estereotipos y baja calidad, y determina el consumo de la sociedad. Como consecuencia, el individuo es considerado como manipulado por los medios y acrítico a los valores impuestos por éstos.

En esta cultura de masas (la Industria cultural), el entretenimiento y la diversión ofrecidos por la televisión llevan a una total distracción de los individuos, es decir, a una fuga de la realidad. Es ahí cuando se da la posibilidad de adoptar lo transmitido como la sustitución a lo real. Si los medios de comunicación (los productos de esta industria) nos abren la puerta a olvidarnos y distraernos de nuestra propia vida, entonces adoptamos una vida sustituta, la que nos marcan por televisión.

Para ir cerrando…

Reality shows hay montones, líderes en esta era de la televisión. Los hay de baile, de canto, de supervivencia; tres meses encerrados en una casa o cincuenta días aislados en otro continente, y cada semana saliendo al aire para intentar no ser nominados. Eliminados por sus propios compañeros o siendo nosotros mismos los dueños de su destino, como si jugáramos un juego a control remoto.

Los participantes de este programa no son más que una herramienta, el experimento es sobre nosotros: los espectadores. Una sociedad que llega a idolatrar a alguien en 24 horas. Capaz de ver maratones de televisión para saber qué es lo que va a pasar con alguien que conocieron hace una semana, dos días y tres chismes. Teniendo el poder de decidir socialmente a quién queremos y a quién no con un solo mensaje de texto. Usando el derecho a votar más que en las mismas elecciones al gobierno y encima pagando por ello. Alentando la receta instantánea del ser popular sin tener que hacer nada demasiado trascendental. Es el fast food del reconocimiento. El que, por cierto, es en duración, directamente proporcional al tiempo que se tardó en alcanzarlo. Y así nos llenamos de líderes pasajeros que no tienen ningún mensaje.

El experimento es en nosotros, si queda alguna duda. Una sociedad casi entera simulando importante lo insignificante.


Bibliografía consultada:

Baudrillard, Jean: Gran Hermano, espejo de nuestra banalidad
Palabras dedicadas a Gran hermano, fueron pronunciadas por Jean Baudrillard el 19 de mayo de 2004, durante un coloquio en la École Normale Supérieure de París. Fuente: Radar – Página 12 / 11.03.07

Baudrillard, Jean: El crimen perfecto, entrevista para La Nación, julio de 2001. http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=215483

Baudrillard, Jean: Cultura y simulacro, Kairós, Barcelona, 1993

Baudrillard, Jean: La agonía del poder, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2006

Dra. Eva Patricia Gil Rodríguez: Simulacro, subjetividad y biopolítica; De Foucault a Baudrillard, Universidad Autónoma de Barcelona, Revista Observaciones Filosóficas. http://www.observacionesfilosoficas.net/simulacrosubjetividad.html

Foucault, Michel: http://filosofia.idoneos.com/index.php/369888

Foucault, Michel: Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión, Siglo XXI
Editores Argentina, Buenos Aires, 2002

Wikipedia: Gran Hermano
http://es.wikipedia.org/wiki/Gran_Hermano_(programa_de_televisi%C3%B3n)

Wolf, Mauro: La investigación de la comunicación de masas, Paidós, Barcelona – Buenos Aires – Mexico, 1987

Tengo un tema con el asunto de la verdad

Estoy muy confundida respecto a la verdad. Anteriormente, estaba más convencida de que no existe a que es una a averiguar. Pensaba que aún si unos pocos la supieran y otros, la mayoría, no… No podría calificarse como tal. Entiendo que el mundo está lleno de datos y que algunos tienen acceso a mayor y más profundos- Pero si todo lo que ocurre entre los seres humanos es construcción de ellos mismos, la verdad entendida como la posibilidad de que algo sea lo más real posible, no es más que una elaboración también.

Siguiendo esta lógica, me arriesgaba a pensar que no se puede acceder a la verdad a través del conocimiento ni del pensamiento. Ni siquiera a través del diálogo. Si al leer un titular de un medio gráfico lo tomamos como un reflejo de nuestra actualidad, ¿qué nos pasa cuando inmediatamente leemos un párrafo que lo contradice en otro periódico? ¿Cuál nos miente y cuál no? ¿O acaso ninguno está en lo cierto? Entonces, ¿en cuál información podemos confiar para entender nuestra realidad? Y ahí es cuando me invadía la sensación de que no la hay. Esa verdad no existe y probablemente ningún medio de comunicación la conozca tampoco.

Pero me surgió una reflexión que me dio vuelta un poco las cosas. ¿Por qué el hecho de que la verdad sea una construcción, una elaboración humana, la hace menos cierta? En vez de afirmar que no la hay, ahora tiendo a pensar que todo es verdad, absolutamente todo. No me estoy refiriendo a datos verídicos, a éstos sí que no podríamos acceder la mayoría de las personas casi nunca en nuestras vidas. Sino que, basado en esa idea del no acceso, todo lo que por ende construimos pasa a ser verdad. Puede llegar a ser cualquier cosa en la que elijamos creer, y que finalmente va a guiar nuestros valores y conductas de la misma manera en que lo haría cualquier dato certero.

Y ahí radica la magnitud de esa construcción. Nos pasamos la vida, la historia, elaborando ideas que sostengan nuestro accionar: religiones, creencias, mitos, análisis de la sociedad, noticias, textos, leyes, normas. Y empieza a parecerme menos relevante si son verídicas o no, para pasar a darle el lugar central a lo que generan esas verdades construidas. Y estoy segura de que son verdades, porque si pueden ser el fundamento de cualquier acción social, entonces son verdades.

Eso. Lo seguiré pensando. Pero creo que deberíamos cambiar el foco: en vez de entrar en el terreno de cuál es la verdad, pensar a toda construcción social como verdad y entonces cuestionarnos qué efectos producen esas verdades. Dicho de otra manera: cómo actúa una sociedad basada en ciertas noticias, en ciertos mitos, en ciertas creencias, en la construcción que cada grupo hace de su realidad.

“Cuando tu hijo juega no te pregunta cómo llegó al mundo”

Nada más y nada menos que de esta manera se titula una de las gráficas de la nueva campaña publicitaria de PlayStation.

Publicidad Play Station en Subtes - Buenos Aires, septiembre 2013 [Publicidad PlayStation en Subtes – Buenos Aires, septiembre 2013]

No sé que habrán pensado los creativos responsables de esta idea o la marca misma que la vende. Pero, ¿realmente hay público para esta frase? Tiene agujeros por donde se lo mire:

Crea interlocutores padres que no quieren que sus hijos pregunten acerca de una de las cuestiones más críticas en la vida del ser humano. Que prefieren que sus hijos se la pasen hipnotizados frente a un videojuego, tanto cómo para no tener ni la más mínima inquietud acerca de la vida. Que les resulta más práctico que estén entretenidos a que crezcan con curiosidades, preguntas, intrigas.

Y encima lo hace de una manera totalmente incorrecta. Utiliza de excusa al juego, que lejos está de ser sinónimo de quietud espiritual y mental, sino que es es una de las actividades más naturales del hombre y, entre sus infinitos propósitos y riquezas, sirve para aprender a relacionarse con el universo que nos rodea. Dicho de otra manera, tiene una función simbólica a través de la cual podemos adquirir herramientas para enfrentar nuestra propia realidad.

Ahora, si existen clientes padres que no quieren que sus hijos pregunten demasiado (que sería algo así como molestar) y PlayStation logró crear un juego que consigue que los chicos pierdan uno de sus instintos más grandes (cuestionar su entorno)… entonces, cierren el trato, hagan la compra.

Yo me quedo con la otra opción. Aún sin hijos.